Quizá la fuente de conflictos personales más citada sea la mala comunicación. Puesto que dedicamos casi 70 por ciento de nuestro tiempo a la comunicación -escribir, leer, hablar, escuchar- parece razonable concluir que una de las fuerzas que más inhiben el desempeño de los grupos exitosos es la falta de comunicación eficaz.
No puede haber grupos sin comunicación: la transferencia de significados entre sus miembros, mediante la cual se transmiten la información y las ideas de una persona a otra. Pero la comunicación es más que el mero impartir significados: también hay que entenderlos. En un grupo en el que un miembro sólo habla alemán y los otros no conocen el idioma, aquél no será comprendido.
Una idea, no importa qué tan grande sea, es inútil hasta que se transmite y los demás la comprenden. La comunicación perfecta, si existiera, ocurriría cuando un pensamiento o una idea se transmitiera de modo tal que la imagen mental percibida por el receptor fuera exactamente igual a la que concibió el emisor.
La comunicación favorece la motivación al aclarar a los empleados qué es lo que hay que hacer, qué tan bien lo están haciendo y qué puede hacerse para mejorar el desempeño inadecuado.
La imposición de metas concretas, la retroalimentación sobre su progreso y el reforzamiento de la conducta deseada estimulan la motivación y requieren de la comunicación. Para muchos colaboradores, su grupo de trabajo es la principal fuente de trato social. La comunicación que se da en el grupo es un mecanismo fundamental para que muestren sus frustraciones y sus sentimientos de satisfacción; por lo tanto, brinda una vía para la expresión de emociones y el cumplimiento de las necesidades sociales.
La última función de la comunicación se relaciona con el hecho de que facilita la toma de decisiones. Ofrece la información que grupos e individuos necesitan para decidir, pues transmite los datos para identificar y evaluar las opciones.
